Una experiencia biográfica de Willy M. Olsen

Energías Terribles

Una experiencia biográfica de Willy M. Olsen

 

Esta historia es completamente real. No es un relato contado por  terceras personas. Me ha pasado a mi. Yo soy como soy, y sé lo que sé gracias a estas experiencias.

 

Marta Prieto, directora de Editorial Kolima, tuvo la idea de armar una antología de relatos imposibles. Estos relatos debían ser verídicos, en primera persona y salirse de lo considerado normal. Yo nunca había hablado de nadie de mis experiencias sobre estas energías terribles, que es como decidí llamarlas, pero la iniciativa de Editorial Kolima me motivó a hacerlo. Pensé que podía ser interesante para algunas personas, y que era relevante dejar constancia de algo tan impactante. Me habría ayudado tanto encontrar un relato como este en aquellos años de incertidumbre y miedo. Quien quiera leer el relato completo puede hacerlo en el libro: Antología de lo Imposible.

 

En esta web voy a proporcionar un resumen de estas experiencias, así como una bonita entrevista que me hizo Jordi Fortia en su programa La Era del Ser. ¡Gracias Jordi!

 

Energías Terribles

Cualquier parecido con la realidad es pura realidad.

Pinche para pedir esta novela en Editorial Kolima, o bien en Amazon.

 


 

Energías Terribles

Hay experiencias que se olvidan con el tiempo. Y hay otras que no se pueden olvidar… porque te parten en dos. Energías Terribles narra una historia real marcada por un misterio tan físico como invisible: una serie de episodios energéticos intensos, aterradores e incontrolables que comienzan en la infancia y persiguen a Willy M. Olsen durante años hasta hoy, aunque las energías ya no son terribles, sino todo lo contrario.

Desde los nueve años, el protagonista empieza a vivir estallidos de energía breves pero demoledores: una descarga que nacía en la base de la columna, subía con violencia creciente y culminaba en un fogonazo de luz y un sonido que “calcinaba” toda experiencia en un instante. Era una energía física, tan tangible como una electrocución.

El fenómeno lo dejaba temblando, empapado en sudor, y con una angustiosa certeza clavada en el pecho: esto no es normal. Y nadie podía saberlo ya que seguro que me encerrarían por loco.

El miedo no sólo estaba en el episodio. El miedo estaba en la espera. En no saber cuándo volvería a pasar, porque siempre volvía a pasar, de forma impredecible pero infalible. Crecer así, sobrellevando estas experiencias que no tenían explicación fue muy duro para aquel niño, y más aun al tener que llevarlo a solas. 

Durante años, Willy M. Olsen se guardaba la experiencia para sí mismo por vergüenza, por confusión, por temor a que lo llamasen loco. Se convirtió en un niño retraído, hipersensible, observador, más conectado con la naturaleza que con la gente. Se sentía como si habitara el mundo “sin un manual de instrucciones”.  Y mientras tanto la vida seguía avanzando —la adolescencia, la timidez, el aislamiento, la sensación de no encajar— y las energías seguían ahí. No sabía si eran mensajes del más allá, posesiones, extraterrestres o qué. Investigó muchas opciones pero nada se parecía a lo que experimentaba.

Aparecían antes de dormir, aunque otras propiciadas por algún sueño, y siempre con la misma violencia. Siempre con la misma marca: un estallido final de luz y un sonido raro, como un zumbido que lo deja vacío… y temblando.

 

Yoga, respirar y el control fallido.

En plena adolescencia surgió una pequeña rendija de esperanza: unos libros de yoga de su abuelo encontrados casi por casualidad. Respiración. Prana. Energía vital. Willy M. Olsen empezó a practicar de noche, en secreto, observándose, buscando calma, buscando una explicación y con la esperanza de controlar aquellas terribles experiencias. A veces experimentaba otro tipo de energía que resultaba agradable, cálida, vibrante, casi extática. Pero otras veces, la energía se desbocaba y le atizaba con el mismo latigazo, la misma explosión, y el mismo miedo. 

Pero algo estaba cambiando: ya no había solo  miedo, que lo había. Había una búsqueda y una sensación de dominio y de control de la energía.

 

Cuando la realidad se desintegra.

Cerca de los veinte años llegó un momento clave, un punto de inflexión que marcó un antes y un después.

Una noche que la notaba latente Willy M. Olsen decidió resistir, enfrentar, y dominar la experiencia. Se preparó respirando y meditando durante más de una hora… y entonces ocurrió: la energía, quizá enfadada por el intento de dominio, estalló con una intensidad jamás vivida. No se cortó como siempre. Tardó unos instantes más, que se hicieron eternos. Willy quedó proyectado contra el cabecero de su cama, empapado en sudor. Trató de abrir los ojos para volver a la realidad… pero la realidad no estaba. Solo había oscuridad y miles de puntos de colores chisporroteando, como si el mundo se hubiera apagado. Poco a poco, a base de respiraciones lentas, la materia se fue recomponiendo. La habitación reapareció. Pero ya nada fue igual después de aquello.

Al día siguiente, el protagonista se planteó hablar con sus padres, contarles todo, pedir ayuda, internarse… porque la experiencia habría sido demasiado fuerte. ¿Y si estoy loco? Pero no fue capaz. No sabia ni como empezar.

 

Una señal: No estás loco.

Esa noche, desde el balcón de su cuarto, con el alma oscurecida, la noche encima, y el peso de sus duda al límite, elevó una súplica desesperada a los cielos: “Dios mío, si no estoy loco necesito una señal. De verdad que la necesito.” Y la señal apareció. Una estrella fugaz atravesó el cielo justo en el punto exacto al que su cuerpo se giró sin querer, como guiado por algo más grande. Y en ese instante, una energía distinta —poderosa pero placentera y amistosa— recorrió su columna como una fuente. No duró mucho, pero lo suficiente para confirmar algo esencial: ¡No estaba loco! ¡No estaba solo!

Tras ese momento nació otro viaje: el miedo seguía, y también las energías terribles, pero también una búsqueda consciente. A partir de ahí se desencadenó una cadena de encuentros casi inverosímiles: una baronesa, fiestas imposibles, libros enviados desde Estados Unidos, y finalmente una mujer en Madrid que, con un péndulo en la mano y una vida dedicada al misterio, le introdujo en un mundo de investigación esotérica, aunque nadie era capaz de explicar sus experiencias.

 

La mano de Dios

Distintos gurús evitaban el tema de las experiencias de Willy porque no sabían qué responder o qué sugerir. Uno de ellos le dio una recomendación: “La próxima vez… pide ayuda a Dios.”

Otra noche de energía terribles, cuando la energía comenzaba a crecer exponencialmente, Willy, con las mandíbulas contraídas, apenas musitó: “¡Dios mío, ayúdame!” Entonces sintió cómo una enorme mano descendió de lo alto y empujó el chorro de energía de vuelta su base, pero no pudo del todo con ella. La energía y la mano empezaron un pulso, el chorro de energía subía y la mano lo aplastaba, subía y lo aplastaba y así varias veces hasta que finalmente la energía se disipó. Esta vez no hubo fogonazo final, pero si un el sonido. Un sonido como de una radio intentando sintonizarse, un zumbido profundo como si la energía tuviera voz. Ese sonido respondía a la energía. Era como sonaba la energía. Lo llamó el sonido de la creación.

Las energías pasaron de ser “una experiencia rara” a convertirse en un camino.

 

 

El verdadero combate: la vida cotidiana

Y mientras sucedían estos fenómenos inexplicables, la vida golpeaba a Willy M. Olsen de forma brutal: una ruina familiar de sus padres, la responsabilidad de asumir el peso de su familia, el trabajo, el primer amor y desamor, el desgaste físico… hasta que el cuerpo le pasó factura de la peor manera: úlceras hemorrágicas, y cirugías al borde de la muerte.

Lo más terrible ya no era la energía, un fenómeno que tenia asumido e interiorizado desde niño. Lo más terrible era lo que le pasaba por dentro y que casi había acabado con su salud, y con él. Así que Willy inició un proceso de transformación interior autodidacta que llamó re-programación.

 

Re-programación: cuando el inconsciente toma el control

El protagonista entendió que no vivimos gobernados por la mente racional, sino por el inconsciente, una fuerza que registraba todas nuestras decisiones emocionales desde la infancia y las convertía en mandatos invisibles que programaban nuestra vida adulta.

Durante su proceso de introspección averiguó que lo que creemos recordar no siempre es verdad, que lo que nos condiciona casi nunca está en la superficie, y que a la libertad no llegaba sólo por entendernos… sino por re-programarnos.

La re-programación suponía un descenso al origen de nosotros mismos para re-escribir nuestros algoritmos desde la primera directriz, la raíz, el miedo original. Para re-programarse de verdad hacía falta conectarse con una emoción superior a las vividas: el Amor. Fueron años de trabajo y de re-programación. Realmente este es un trabajo que no acaba nunca.

 

Poder y responsabilidad

En Bali, a los 26 años, tras haber completado las fases más arduas de su re-programación, le ocurrió un episodio definitivo. 

Su experiencia energética empezó como siempre… pero esta vez no hubo terror. Notó un ajuste. Unos “clack” internos, como de tuberías encajándose. Supo que era a causa de la re-programación. La energía no explotó destructivamente como siempre, comenzó a fluir. Llegó al punto crítico pero seguía canalizándoselo bien y la experiencia no se abortó. La energía crecía de forma tan exponencial que Willy se llenó de un poder sobrecogedor a tal punto que sintió que si pensaba cualquier cosa… se manifestaría. Así que se concentró en no pensar, y dejar fluir la energía hasta que se disipó pasado un tiempo incierto.

Desde entonces, las energías dejaron de ser terribles. Las siguió experimentando pero ya siempre fueron distintas. 

 


 

¿Y después qué?

 

Apenas había cumplido treinta años. Muchas cosas fueron cambiando en mi vida. La re-programación había llegado a un punto de cierto estancamiento, que se resolvería muchos años después, y desde luego ya no era tan intensa. Lo primordial ya estaba hecho. Mi salud mejoró notablemente. Mis relaciones también. Mi vida en general, lo cual no implicaba que todo saliera a mi antojo, y que la prosperidad no estuviera exenta de mucho trabajo y esfuerzo.

Aprendí a cuidarme, a quererme mejor, y me dediqué a aprender lo más importante, lo que hemos venido a hacer en este mundo: aprender a ser humano. De vez en cuando tenía experiencias psíquicas y energéticas que recibía con agradecimiento y curiosidad, pero sin enfocarme demasiado en ellas. Ya no eran terribles.

A partir de los treinta años, una investigación comenzó a ocupar mi interés. Había descubierto una matriz de números durante mis años de universidad. Era una curiosidad matemática a la que llegué por casualidad, jugueteando con los números. Siempre atrajo mi atención. Comencé a percatarme que diversos aspectos del conocimiento humano y de la naturaleza encajaban o se estructuraban en función de esta matriz. Así que busqué más, pero no encontré ninguna información. Cada vez acumulaba un cuerpo de conocimiento mayor.

¡El descubrimiento era asombroso! ¡Y no había nada escrito sobre el tema!

La idea de compartir todo ese conocimiento comenzó a dar forma a un libro. No quería escribir un aburrido ensayo, sino más bien una novela de aventuras que condujese al lector a lo largo de un periplo iniciático. Dado que la matriz entroncaba con muchas sabidurías antiguas, decidí que también sería una novela histórica. Así nació “Los versos de Pandora”. 

Pasé muchos años estudiando historia y tejiendo el tapiz que envolvería a sus cuatro protagonistas. Toda la historia, acontecimientos y contextos de la novela eran reales, excepto ellos. Aproveché para explicar muchas de mis experiencias psíquicas a través de estos personajes. Cada uno de ellos mostraría su desarrollo interior en cuatro ámbitos: mental, emocional, los sueños y físico, pero no como un mero libro de recetas o autoayuda, sino como un proceso real, inspirado en mi propia experiencia, que ayudase al lector en sus propios procesos. Por ejemplo, el capítulo dos relataba un resumen adaptado de mi re-programación. Me propuse acabar la novela antes de cumplir los cincuenta años. Fue todo un reto. Incluso configuré la extensión de cada capítulo, y la estructura de la novela, en función de la matriz. El resultado fue una obra mágica y monumental de casi medio millón de palabras que publicó Editorial Kolima en dos tomos en el año 2018: “Los versos de Pandora. Descubre el poder del nombre de Dios”. 

Luego me percaté de que los lectores disfrutaban la trama de “Los versos de Pandora”, pero percibían la matriz un mero recurso literario que actuaba como motor de la historia. Tenía que resaltar la importancia de la matriz. Así que decidí publicar otro libro: “La firma de Dios. La prueba de que existe un creador” para explicar todos los entresijos de la matriz sin las limitaciones que me impuso el rigor de la novela histórica. También decidí hacer un documental al respecto, que puede visualizarse actualmente en internet de forma gratuita.

Paralelamente, seguí profundizando en el conocimiento que emanaba de esta matriz. Me resultaba asombroso cómo una misma secuencia de números podía contener tanta sabiduría escondida en capas y relaciones, y afectar la naturaleza, la física, el mismo ADN, o incluso proporcionar un sentido a la existencia del ser humano. Pero había mucho más.

Una vez plantada la semilla de esta labor de difusión, se presentó ante mi otro camino que me trascendía como individuo. En resumen, apliqué la matriz a nuestro querido planeta. Obtuve ocho puntos y ocho fechas en los que tenía que estar. Llamé a este periplo “La matriz planetaria”, pero esto ya es otra historia…

Hoy, he decidido compartir el conocimiento resultante de mis experiencias, investigaciones y periplos a través de algunas publicaciones, documentales, talleres e iniciaciones.

¡¡¡Espero que me de tiempo!!!